Carrasco, la figura inesperada

Iban 35 minutos del primer tiempo y Diego Pablo Simeone definitivamente se convenció; se acercó al banco y le dijo: “Dale, salí a trotar, el segundo tiempo es tuyo”. El jugador de 22 años sintió el remezón en su cuerpo, la adrenalina inmediata y fue a calentar. De reojo miraba el partido, se daba cuenta que su equipo no encontraba las respuestas para igualar una final que los tenía en desventaja desde el primer cuarto de hora. El técnico rival, Zinedine Zidane, estrujaba sus años de escuela italiana y ya con la ventaja le cedía el protagonismo a un oponente que parecía languidecer a medida que los minutos avanzaban, llenándose de tibios toques en el medio y luego desesperados pelotazos para adelante. Simeone lo entendió y cuando acabó la primera parte, se le acercó nuevamente y lo arengó una última vez: “¡Tenés que ser tú! ¡Tenés que ser tú!”. ¿Qué significaba eso? El futbolista lo tenía claro, se trataba de su desparpajo callejero y de aquella rebeldía que hoy parece amputada por vídeos, conos y todo el fútbol de academia. “A divertirse”, pensó, y no se traicionó ni tuvo temor alguno de ser él mismo.

Unos años antes…

Faltaban dos días para el inicio de la temporada infantil en Bélgica y en la oficina administrativa del club Genk se vivía un dolor de cabeza poco acostumbrado, la promesa recién llegada de las calles de Bruselas, Yannick Ferreira Carrasco no iba a jugar. El muchacho, de apenas once años, que remecía por su calidad instantánea, de esas que aparecen jugando entre los postes y con rodillas encostradas por el cemento, no bajaba la vista y en ningún momento cedió frente a la presión de los directivos; se trataba de una decisión personal, de esas que definen el carácter. A Yannick poco le importaba ganarse el recelo y el fastidio de sus superiores, él no jugaría con el apellido ‘Ferreira’ en la espalda de su camiseta, ese era un principio intransable. No jugó el día del debut, pero sí en la segunda fecha con el apellido ‘Carrasco’. E ingresó a la cancha sin el peso de una ausencia dolorosa, ni representando a un padre que jamás lo llamó por teléfono. El jovencito de once años decidió ser y con esa misma personalidad de reconocerse, sacudió del talento aprendido en la cuneta callejera las divisiones menores del fútbol belga.

No pasó mucho tiempo para que comenzaran a llegar ofertas de distintos clubes europeos por las gambetas del hábil juvenil. Con 16 años pasó al Mónaco, a los 18 debutaba de la mano de Ranieri y con su primer sueldo compró una antena para que sus abuelos pudieran ver sus partidos. A los 19 dejó de jugar durante 6 meses porque siendo uno de los futbolistas más importantes de la plantilla, no ganaba ni el 20% que los otros titulares del equipo. Quiso modificar su contrato y lo mandaron a las tribunas. Pero no cedió, hasta que le emparejaron los billetes con el resto. Con 20 miraba lleno de baba desde la tele a la nueva Miss Bélgica, Noémi Happart; se consiguió su número, pero rebotó; le mandó una invitación de amistad por Facebook, pero nuevamente rebotó. Sin embargo no renunció hasta que la invitó a salir: le quiso dar un beso y, por supuesto, rebotó. A los 21 dio el gran salto de su carrera y llegó al Atlético de Madrid por 15 millones de Euros. Meses después con la “21” en la espalda, Carrasco hacía ingreso para jugar en la final de la Champions League.

Yannick Carrasco entró al San Siro a hacer su fútbol, no dudó un momento en agarrar la pelota e ir para adelante, pisarla, acelerar, frenar, jugar…recobrar ese romance con el atrevimiento de inventar, de salirse de lo prestablecido. Fue él mismo y cambió el curso del encuentro, haciéndolas del crack que pagó la entrada y los asados del mundo. Es que el fútbol podrán algunos querer reducirlo a triunfos, derrotas y meras estadísticas, pero el apego y el afecto está en la capacidad de la sorpresa, y en la virtud humana de imaginar. Carrasco iba más rápido que los demás, quizás porque no tuvo miedo en mostrarse tal cual siente el fútbol y fue así que llevó la batuta de su equipo: determinado a ponerle potrero a la cancha, entusiasmando al hincha y contagiando a sus compañeros de equipo que al verlo se agrandaron y comenzaron a desbordar.

A los 79 minutos lo empató y fue donde su novia, la misma que antes le corría la cara y la besó con todo el estadio mirando. Tampoco tuvo vergüenza de eso, por qué iba a tenerla si era el momento de no engañarse y dejarse llevar; de ser el jugador que era, y la persona que quiso ser.

Fue lo mejor de los 120 minutos de la final, al menos quien brindó el componente inesperado e irreverente adentro de la cancha, uno de los pocos que jugó como se juega en el barrio, en el colegio y en la mente cuando se proyecta el fútbol que deseamos y que nos gusta ver, por más que a veces toque perder.
El partido terminó igualado a un gol, todo se definió en los penales, pero Oblak realmente no ayudó mucho a la causa. Finalmente Cristiano Ronaldo quiso atribuirse el estrellato mostrando las calugas, pero el nombre de la final estuvo en el que equipo que no ganó; fue una figura inesperada, fue Yannick Carrasco, ese que fue fiel a su forma de ser, quien le puso calle, romance y alegría a la final. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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