Brasil – Uruguay: siempre es clásico

Anunciaron el nombre del uruguayo y el abucheo fue descomunal, el “¡Buuuuuu!” sonó fuerte, ‘tapando’ los oídos de cualquiera. Inmediatamente después vino un explosivo “¡¡Brasil, Brasil!!” bajando desde las tribunas. La cancha estaba llena y el amarillo teñía hasta el último rincón. No se trataba de Luis Suárez ingresando al Maracaná, tampoco era un partido de fútbol, pero lo parecía. Mientras, el representante local se movía de un lado a otro, estimulando con las manos el vibrante ambiente. El Court Central del tenis olímpico era una caldera que se aprestaba a vivir el partido de segunda ronda entre el charrúa Pablo Cuevas y el brasileño Thomaz Belluci.

Brasileños y uruguayos se tienen pica y ganas. La mecha está intacta desde el mítico ‘Maracanazo’ de 1950, cuando la Celeste fue capaz de vencerlos a domicilio por 2-1 en el último partido del mundial de fútbol. No era estrictamente una final, con el empate a Brasil le bastaba para proclamarse campeón del mundo por primera vez, y delante de una multitud de más de 200 mil personas enfervorizadas, parecía ser simplemente un plazo de 90 minutos a la gloria. Además el anfitrión semanas antes ya había dado cuenta por goleada del mismo oponente de ese día, un imborrable 16 de julio. La prensa titulaba los periódicos con la leyenda de “campeones” y el presidente de la FIFA de esos tiempos, el francés Jules Rimet, tenía en uno de sus bolsillos el discurso preparado para el nuevo monarca; un texto escrito en portugués. Pero el coraje uruguayo detuvo el buen fútbol de un equipo que venía goleándolos a todos, y con temple supo contener el primer tiempo. No obstante Brasil supo destrabar la defensa y puso el 1-0. Desató la locura y comenzaba la esperaba fiesta. Sin embargo nació la garra y los jugadores del pequeño país oriental no se achicaron, e inteligentes, sin desesperase, usaron el tiempo como arma: la ansiedad brasileña se tornó evidente, y a ya con nervios, la pelota quemó. Sin pelota no sabía y el aguerrido equipo de celeste los hizo conocer la crueldad de ciertos silencios. Fueron dos estocadas, una a los 66 y otra a los 79 minutos. Uruguay se llevó el título y dejó la conmoción instalada para siempre. A partir de ese día, más allá de que siempre hubo recelo, al verse prenden fuego.

Sí, era un partido de tenis pero con las características propias de la Copa Davis, es decir, un público parcial y comprometido. Y la polera celeste de Cuevas no hizo más que encender al extremo el ambiente. Pablo Cuevas es un ‘gayo’ piola, sin autobombo, y no anda de canchero usando el verso infatigable del río de la plata, pero iba de celeste. Thomaz Bellucci no es para nada el ídolo del pueblo y nunca jamás se ha ganado una portada de los grandes diarios, tampoco es un tipo con gran carisma, pero iba de amarillo. Celeste vs Amarillo, eso era suficiente. El clásico a la vista. Y en cada punto se expresó como tal. Las buenas de Cuevas dolían en el alma, clavando nuevamente, aunque fuera breve, la molestia heredada de esos silencios. Claro que de contra venía un palazo de Bellucci y al instante el eco de un rugido, un poco aliviado, un poco feliz.

El primer set se lo llevó el local 6-2, todo era fiesta y algarabía en las gradas. Y Bellucci, sintiendo la experiencia, exigía el compromiso de la hinchada. Cuevas mordió la rabia y en el segundo set apareció su mejor versión, dominando de principio a fin. La garra charrúa otra vez afloraba. El último y tercer set comenzó parejo, con juegos y puntos largos, a veces cuidándose, en otras arriesgándolo todo; la galería, en tanto, como que se caía. Bastaba un primer mal saque de Cuevas para que se gritara como un golazo de media cancha. El público empujó a más a Bellucci y este se tragó con todo el personaje, jugándolo al limite, derrochando actitud. Por parte del subrayado visitante, hubo palabreos con el juez de silla, puteadas a la gente y celebraciones con “huevos”, porque él también vivió el clásico. Finalmente el encuentro terminó a favor de Bellucci, que supo sacar la ventaja en el momento indicado y luego resistió hasta la última bola. Lo celebró como una final de Grand Slam; el estadio, como si se tratase de un mundial. Esta vez ganó Brasil. Fue un clásico en medio de los Juegos Olímpicos. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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