Bonini supo vivir

Durante estos últimos días no pude sino comenzar a hurgar más allá del mítico, “¡¡Chupete la conchadetuhermana, te quiero ver!! ¡¡Te quiero ver, papá!!”, con el que Luis María Bonini aleonó a Humberto Suazo antes de entrar a la cancha del Centenario en el 2007. Ese, a decir verdad, no sería un gran partido de Chupete, pero sí el inicio del romance popular entre el profesor de educación física, como con orgullo se definía, y el hincha del fútbol chileno. Se palpaba el descontrol, la pasión al borde, algo que en un país autocastrado de expresiones como el nuestro, necesitaba verse. Por eso caló hondo y gustó; y a otros, los de siempre, incomodó. Sin embargo, Bonini tiene mucho más cuento que esos segundos de idioma pelotero. Buscar y recorrer los pasos de su camino terminó siendo un ejercicio literario, pues nunca la llevó atada ni controló en línea recta.

Hijo de una familia humilde pero letrada, su primer trabajo fue llevando las cintas de Fellini a distintos cines de Buenos Aires. Quizás esas caminatas de cartero audiovisual influyeran en apreciar la vida de manera romántica. En la escuela para el fútbol se trataba de todo un palitroque, pero dado que era alto, a veces lo paraban de central rústico a pegar patadas. Lo importante era estar ahí adentro, con los compipas en el recreo, porque Luis María siempre fue de piel. Claro que en realidad su deporte era el basquetbol. Y a eso se dedicó una vez egresó de la Universidad; ocupó todos los puestos: asistente, técnico, preparador físico. Y fue parte de quienes dieron origen a la liga profesional de basquetbol de Argentina.

No obstante el fabuloso curriculum adquirido, Bonini vivía una etapa de dudas personales que se ahogaban en los vasos de la noche. La crisis del temprano éxito y esa sospecha que se siente cuando uno se ve adulto. Fue justo en esa etapa, a comienzos de los ochenta, en que el fútbol le guiñó un ojo. El modesto Ferro necesitaba un preparador físico y el técnico Carlos Timoteo Griguol le pidió una mano. Bonini, quien ya había trabajado durante muchos años en la rama de basquet de Ferro, aceptó por instinto. Griguol era un tipo diferente: no había sido jugador profesional, lo que generaba resquemor en el medio; además, no se asociaba a ninguno de los dos grandes referentes del mapa futbolero trasandino: Griguol no le prendía velas ni a Menotti ni a Bilardo; él buscaba un juego intenso, “porque al toque y toque el grande te gana”, decía. Bonini, un tipo interesado en el fútbol como todo argentino de cuna de barrio, se entregó a la aventura. Aventura de la que nunca más saldría. Ferro, con los años, sería dos veces campeón y tres veces subacampeón. El equipo volaba, y en eso el preparador físico había sido clave. Y ya era un tipo adulto, aunque nunca le negó a la noche sus oportunidades.

Años más tarde, la metodología científica y el trato apasionado con que vivía el juego Bonini, llamaron la atención de Marcelo Bielsa. Es que Bonini no era uno más al borde de la cancha. No sentía el transito de los segundos de ese modo. Y los jugadores se le acercaban a darle un abrazo tras los goles. Para el Quijote Bielsa, este era su Sancho. Durante más de 20 años trabajaron juntos. Vivieron de las buenas y de las malas. Y en Chile.
Cuenta Bonini que propuestas llegaban de todo el mundo, sin embargo, aceptarían la peor de todas ellas: la de la Selección chilena. Es cierto, venía una camada de buenos jugadores, pero ¿de verdad Chile? El fracaso con Argentina para el mundial 2002 no había sido cubierto por el oro Olímpico dos años después. Bielsa necesitaba un desafío diferente y una dirigencia honesta. Mayne Nicholls no les escondió nada: Juan Pinto Duran era un desastre, y así tal cual se los mostró. Había una épica que construir.

Bonini llegó a Chile escéptico pero lo supo recorrer; era de salir a caminar por la calle, sentarse en un café, conversar con cualquiera. Claro que si algo le gustaba, eso era el jazz. ¡Y se emputecía de que los diarios locales no mostraran nada de aquello! “Santiago no es Buenos Aires, pero tiene una agenda cultural interesante. Lamentablemente los medios no ayudan a difundirlo”, se quejaba. Y de acuerdo a su poncherita, obviamente también le gustaba la buena mesa. Es que Bonini disfrutaba. Aunque también se exaltaba, ya que la sangre le hervía si sentía que lo transgredían a él o al colectivo. Más de alguna vez ofreció puños y no lo escondía, mal que mal, nunca se juró un santo.

Con el tiempo le tomó cariño al país, y se transformó en el nexo emocional entre los jugadores y Marcelo Bielsa. Bonini tenía labia, tenía risa, y no tenía miedo de mandar una buena puteada. De esa forma se fue ganando el aprecio y el respeto de un joven camarín. Pero no solo aquello, pues en su función especialista también provocó cambios sustanciales en la preparación física de los jugadores. No me puedo olvidar de la doble fecha eliminatoria en que Chile fue a Bolivia y luego a Venezuela. La Roja no sumaba muchos puntos y medio equipo se encontraba lesionado. El equipo voló en La Paz y ganó con gol de último minuto en el infierno húmedo venezolano. Gol de Chupete. Bielsa, apenas se acabó ese partido, fue y abrazó a Bonini, diciéndole, “gracias”.

Y acá también encontró el amor nuevamente, al borde de los sesenta años. Se hizo el don Juan misterioso, no diciéndole a ella quien era él; tan solo su nombre y que su oficio era ser profesor de educación física. “No me pesca ni en pedo”, creyó. Pero el profe tenía verso y quién sabe si el bigote le jugó a favor. De pronto ella lo vio al lado de Bielsa en un partido de la Selección. ¡No lo podía creer! Claro que ya estaban juntos.

Bonini quería seguir en la Selección. Y asegura que Bielsa también. Pero el Loco tenía sus principios, no aguantó y se marchó. “Yo me hubiera quedado igual. Por eso el Loco es grande y yo no”, aseveró sincero en una entrevista. Notable.
Los discursos de Bonini rescataban lo amateur: que Alexis juegue como en Tocopilla; que Arturo lo haga como en San Joaquín; que Gary sea el de su cancha de siempre… Para él ese debía ser el motor y el hambre durante un encuentro. Que ganen millones, pero sin olvidarse de quienes eran.

En el sentido del agradecimiento utilitario, podemos rescatar todo lo bueno que hizo estando por nuestra Selección; pero en un sentido más amplio y profundo, es concluyente que se fue un tipo que quiso a la vida y supo vivir. Hasta siempre, querido Profe Bonini. Y no se equivoque, usted también fue un grande. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 401 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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