Arturo Vidal

(AP Photo/Silvia Izquierdo)

Chile acaba de consagrarse bicampeón de América, la algarabía entre los jugadores de la selección nacional es total; cómo no, si luego de 98 años de ver como otros levantaban los trofeos, en menos de un año se aplasta el complejo y la Roja ha logrado quedarse con dos copas. La euforia colectiva es evidente, incluso sana: la necesidad de desahogarse, de expulsar las emociones contenidas durante tantos años. Parece ser el momento perfecto para reivindicar el autoestima, también para pasar algunas cuentas que parecen bien adheridas en el estereotipo. Y quienes más indicados para encabezar el nuevo discurso que los protagonistas de la gesta. Lo sabe el periodista encargado de hacer la primera nota. Quizás porque así lo siente, o tal vez porque el ejercicio de su profesión así se lo obliga, encamina un dialogo fútil, lleno de lugares comunes con Arturo Vidal, la estrella del equipo y quien pese haber errado su penal, ha sido la gran figura de la final.

De pronto, en un arrebato adolescente, no de mala gente, pero sí de escasa profundidad, conecta un recuerdo insoslayable en la carrera del nacido en la populosa comuna de San Joaquín: «Ahí quedó Brasil, ahí quedó Brasil», es una frase emblemática del denominado ‘Rey Arturo’. Tenía 19 años y en pleno sudamericano sub20, Vidal a través de dos penales -el segundo ejecutado de forma magistral en el último suspiro del encuentro- entregaba un empate merecido ante Brasil: ese Chile de José Sulantay -con Alexis, Isla, Medel, Carmona, etc- jugaba realmente bien y dominó casi siempre al joven equipo del ‘Scratch’ en un partido vibrante, emotivo. La reacción de Arturo fue ampliamente comentada; Demostraba personalidad y sacudía en algo la siempre timorata personalidad chilena. Ese fuego rebelde y desafiante era imposible no celebrarlo.

Micrófono abierto para todo América, llega el anzuelo, la cuña, la pendejada -entre risas, para caer bien-: «Arturo, «Ahí quedó Argentina, ¿No?, Ahí quedó Argentina». Vidal, quien ahora tiene 29 años, respira, quita la mirada y reflexivamente contesta de forma calma: «No, no, no se trata de eso». Ya no importaba compararse a través de la revancha, ni el festejo era más dulce pisando a quien se le ganó. Arturo Vidal pasaba de chiquillo a un tipo grande. Con las pulsaciones todavía a mil, la puso contra el piso, porque sabía que no ganaba nada haciéndose el ‘chorito’, ya había ganado en la cancha. Y ese progreso también se celebra.

Parece una dicotomía, pero ambos discursos son necesarios: el primero proyectó el camino; el segundo lo reconocía. La insolencia inicial, esa necesidad de despertar y desatar el amor propio. Luego, la madurez para ser grande en el triunfo, entendiendo que esto va y viene, y es mejor festejarlo para adelante y no para atrás. Mientras tanto el periodista quedaba como un imbécil, aunque había hecho su ‘pega’.

Arturo Vidal es un sujeto que genera debate. Dentro del pontificado colectivo, se le observa con relativa desconfianza. Y claro, en más de una ocasión se ha mandado cagadas importantes. Así y todo, esa condición de ídolo deportivo parecería darle una relativa inmunidad. Eso efectivamente a mucha gente, que hace la cola y ante cualquier atraso vive una hipoteca, confunde…y agrede. Al igual que esa fascinación por el lujo que expresa las diferencias, lo superfluo. Y por último esa actitud ganadora que viaja contra el transito normal de nuestra historia, que no es más que el resultado de una idiosincrasia mansa. Sin embargo, antes que ejemplo, es una persona, y es esa constitución inicial y fundamental la que no debería obviarse. Podrá tener elementos cuestionables, pero quién no. Además, la sombra de alguien alimenta su identidad, le da picante y vida al verso gastado.

Vidal nació pobre-pobre, además sin afecto paterno. Curiosamente siempre está sonriendo. Lo primero que supo hacer fue jugar a la pelota, claro, si era lo más fácil y barato: un envase de jugo vacío, que se soplaba y todos a darle. Un cabro chico, lo mejor que inspira, es que con poco y su imaginación es sinceramente feliz. Seguramente no tuvo a nadie que le leyera cuentos por las noches, ni un escritorio donde hacer las tareas, ni menos un VHS para ver un documental científico. Para él la grandeza se radicó en aquello posible: ser futbolista. Difícilmente exista profesión más competitiva e inalcanzable que esa. Y cuando descubrió esa preciosa historieta llamada ‘Barrabases’, quiso comprarla, pero no tenía cómo. Tampoco se frustró, ya crecería y podría hacerlo. Al igual que una casa a su ‘mamita’. Se sacó la chucha por lograrlo: corriendo, pidiendo permiso en la micro o en bicicleta, pero siempre llegaba a los entrenamientos. Por supuesto que nuestros sabios no le veían grandes condiciones y lo mandaron de vuelta un par de veces: él no quiso irse. Claro que también tuvo mal comportamiento y en vez de abrazarlo, quisieron desecharlo, pero perseveró. Y llegó.

Hoy Arturo Vidal es probablemente el volante más completo del mundo. Verlo jugar es un espectáculo: adrenalina y pausa en una misma jugada. Pocos jugadores son tan fuertes mentalmente. Pocos son capaces de ir de un lado para el otro y hacer los recorridos dentro de la cancha como él. Pocos tienen tanta capacidad para robar bolones y luego entregar un pase entre líneas. Pocos pueden jugar de líbero, central, lateral, volante central, volante mixto y enganche como Arturo. A Vidal no le queda grande el mote de ‘Rey’.
Arturo Vidal tiene grises, como todos. Pero Arturo Vidal es un futbolista único, hecho de la cancha de tierra y venido de la población dura. Por eso ahora, cuando gana y da la pausa, uno siente orgullo. Porque ha crecido, eso es lo importante, no que sea aburrida y gastadamente perfecto. ‪#‎BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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