El llamado de Bielsa

La selección chilena está apretando, reduce los espacios con ritmo, nunca quietos. La zona izquierda juega a las trenzas, Matías Fernández está livianito y encarando, a Orellana el partido no le pesa, se muestra, la pide y pica. La asociación tiene sentido y cuando Argentina quiere construir, un empujón, o dos encima, o tres, o cuatro. ‘La Roja’ tiene una presentación contundente, la mejor en muchos años, pero sin goles, es un beso suave, que se va secando. La galería comienza a cantar, el equipo da garganta.
Estrada hace partido conteniendo a Messi, claro que lo ayudan todos. Tras la lesión de Mark González, Hugo Droguett apoya a Beausejour por la banda siniestra, y desde ahí sale el daño. Carmona apoya en la derecha, y Medel…bueno, descomunal. El «pitbull», desde atrás lee correctamente el juego, dándole un tiempo menos a la visita. Bielsa en el banco, un león enjaulado y con hambre: nada es más intenso en ese minuto que la respiración de Marcelo.

Laura tuvo intenciones de llamarlo, pero sabía que del otro lado no le iban a contestar. Piensa en él, con amor profundo, distante, silencioso. Tiene nervios, no es un partido más.
Marcelo estuvo encerrado en su pieza, aislado del murmullo que se ha vuelto insidioso en los últimos días; su presencia aún concita interés, fascinación y expectativas, sin embargo, resultados son resultados y la tabla se ve apretada. La derrota en Quito fue violenta: apenas 1-0, pero ‘la Roja’ jugó su peor partido desde que él tomó el mando.

Harold miró su teléfono y vio numerosas llamadas perdidas, «La prensa» pensó con su habitual carisma. Sabe que una nueva derrota puede herir sustantivamente el masivo apoyo popular, y los medios, sin matices, irán por sangre. El proyecto no es otro que Bielsa, en él se resume y condiciona. El momento bordea, agita el coro de voces que no lo tragan, y pone a prueba al resto que valora un aspecto siempre reclamado y novedoso: el atrevimiento. Chile, un país acostumbrado a hablar bajito, comenzaba a soltar bramidos dentro de la cancha, claro que todavía de manera irregular, con al aliento entrecortado. Harold quiso llamarlo, pero tampoco lo hizo.

Quien sí habló por teléfono fue Orellana, el jugador de 22 años ya está enterado de que será el reemplazante de Alexis, y aunque generalmente es callado y retraído, el nervio de su debut eliminatorio lo calmó conversando: primero con su familia, luego con algunos amigos de micros y mocos. Imaginó un gol suyo, sonriendo… luego apareció un inevitable escalofrío.

Argentina viene de golear a Uruguay, Basile, siempre canchero, parece haber encontrado un poco de tranquilidad tras las criticas hacia un rendimiento oscilante, y Messi llega volando. El astro del Barcelona ya dejó de ser futuro y es completo presente. Es cierto que la selección de Bielsa ha dado pasos importantes, el plantel confía ciegamente en el adiestrador, la idea engancha, persuade la vanidad y evita la prudencia. Y se sostiene en trabajo, mucho trabajo, bestialmente intenso. Pero hasta ahí, el equipo sólo ha mostrado destellos, no ha podido mantener el equilibrio mientras faja cara a cara ante las potencias. Por lo demás, por mucho moño nuevo, la historia es la historia, y por partidos oficiales, Chile no ha batido jamás al elenco trasandino. Esa ausencia pesa, molesta, huevea el ego, e intimida.

En un café, algunos técnicos nacionales hacen camaradería. Se mofan irónicos de la presunta revolución. «En el fútbol no hay nada nuevo», «además, también hay que saber defenderse», son las ideas de cabecera. Recelan del rosarino, sospechan de su capacidad, y entre risas forzadas clavan la distancia. A ellos les gusta el 4-4-2, ojalá ordenaditos y esa frase que en el fútbol descubre el miedo, «hacer un partido inteligente».

Marcelo se encuentra contrariado, el partido lo ha planificado como el que más, sabe que un triunfo puede marcar un hito, no sólo en la campaña, también en el país. Pero juega contra los suyos, y para alguien con pasión, todo es personal. Tango, literatura y barrio, con la pelota, siempre la pelota. Marcelo sólo le debe una cosa a su país: el fútbol. Su lenguaje, su vida. La cicatriz de Japón ya está en su nombre, no tiene salida y aún llora sangre por dentro, pero 90 minutos son 90 minutos, y quiere ganar. Bielsa le debe a su país el contenido de sus pensamientos, el tono de sus latidos; no se trata de una culpa por ese fracaso no olvidado, es el cariño hacia el vinculo que es la fuente de sus pasos, o de muchos de ellos.

La charla previa al juego fue brava, a ratos emotiva, pero fundamentalmente exigente. Concentración y movimiento, las dos armas indispensables. Así hay que ganarle a los equipos grandes; concentrados, suspicaces hasta del viento y, por supuesto, sin caminar la cancha. La salud de un conjunto es cuando este se convierte en sistema, y un sistema efectivo es aquel que sabe jugar con la pelota, pero también sin ella. Anticipar, recuperar, presionar. La obsesión por la pelota.

El 11 de Chile se ve arriesgado: 3-3-1-3, como de costumbre, pero con piezas que a priori generaban dudas, por falta de experiencia en algunos casos, por cambios posicionales en otros. Y mientras el rival presenta a lo más granado de Europa, la escuadra nacional tiene como punteros a un jugador de O’Higgins (Beausejour), y a otro de Audax Italiano (Orellana). Pero eso no parece amedrentar mayormente, el semblante de los jugadores es serio, con la receta en la cabeza y el corazón estallando. Bielsa propone una alineación inédita, es una apuesta planificada, una idea agresiva.

La mirada de Bielsa no esconde el salvajismo, brota de esa manera. De un lado para el otro, en cuclillas, escupiendo, gesticulando, sin dejar de vivirlo. Al hincha la figura del rosarino no deja de llamarle la atención, y empatiza rápidamente con el estilo de juego, también con esa voracidad. Como que de cierta forma, la llegada de Bielsa abría la oportunidad de tomar un riesgo importante: ser audaces. Todavía sin grandes cambios en cuanto a los resultados, pero al menos con la dignidad de intentarlo a lo guapo. Chile protagonizaba, y esa nueva adrenalina una vez experimentada, ya no tiene vuelta atrás. 90 minutos, siempre en el clímax.

El técnico desea tanto ganar; no por una revancha, tampoco por presuntuosa reivindicación. Es más, le cuesta digerir viajar con la imaginación hacia al arco que de niño defendió, y hacerle goles. Aunque íntimamente ya ha celebrado algunos, y sin poder soslayarlo, desea que sea un golazo.

Chile domina, tiene el control del juego, las mejores llegadas e impone la velocidad, pero sin goles el fantasma de la historia acecha con sombras que en cualquier momento se materializan. Pero el equipo no piensa en eso, sigue asfixiando, arriesgando, absolutamente determinados.

Hasta que llegó. 34 minutos y en menos de 30 segundos, una acción que comienza desde una salida imprecisa, se convierte en una joya. Medel, Droguett, Estrada, Fernández, Estrada, Beausejour, Medel, Carmona, Medel, Orellana. Pasó por todos ellos, por la izquierda, el centro y la derecha. Toques, pases y los espacios. El defensa central por derecha finaliza como puntero mandando un centro rasante al punto penal; Chile ya tenía 4 jugadores en el área, pero sería Orellana y nunca más va dejar de ser ‘el histórico’.

Pocas veces el Nacional gritó un gol tan fuerte. Es que fue un golazo: por construcción de equipo, movilidad, e insistencia en el desarrollo premeditado. Fue un golazo, de esos que se trabajan.
Marcelo lo gritó por dentro. Desde ese partido Chile adquirió otro vuelo, y el estilo consiguió una definitiva implicancia. Quebrar la obviedad era la prueba. Lo obvio, de pronto, fue arriesgar y no temer en ir a buscar la victoria.

Harold miró su teléfono, ya no tenía llamadas perdidas.

Marcelo reviso muchas veces el vídeo nuevamente. Repitió varias veces la imagen del gol, quería verlo, degustarlo, sentirlo. También, estaba preocupado de saber como se había visto tras el gol; esperaba el recato del respeto. Pero por dentro la satisfacción bailaba. Los muchachos seguían creciendo, y poco a poco él se hacía más y más amigo de la cazuela.

A las 5 de la mañana, en su mundo atemporal, recordó lo más importante, llamó a Laura, y al fin su cabeza y su pecho descansaron. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*