Dopaje en el “test de Cooper”

“Dale, toma un poco. Ni te vai a dar cuenta y vas a correr más”, le dijo mostrando la lata cuidando que el resto de las compañeras del camarín no la vieran. Sofía, vestida para salir a la pista con las zapatillas intactas del poco uso, no sabía qué responder. Por esos años, la energética era una novedad de voces de pasillo cuyo rumor decía que servía para reactivarse cuando el cuerpo no respondía, y los denominados “mala junta” comentaban que con tres hielos y un poco de destilado pronto destronaría a la piscola. “Pero Ale”, le dijo con inocencia, “esa wea es trampa”. “¿Querí o no querí que te vaya bien en el test de Cooper? No seai weona y toma un poco”, le insistió con enojo.
Sofía no era mala para gimnasia. Era pésima. No tenía coordinación, trotaba como si se arrastrara y tampoco tenía resistencia. Por eso olvidaba a propósito las zapatillas en la casa, se escondía detrás de las colchonetas e incluso, cuando le llegó la regla, abusó del justificativo médico acusando fuertísimos dolores uterinos que luego el karma se encargó de devolverle todos los años justo en los días que no había gimnasia. Y como si eso fuera poco, el karma le implementó al final de cada periodo semestral el famoso Test de Cooper: la evidencia empírica de su decadente estado físico. Si bien nunca desconoció la importancia del deporte en el camino para una vida saludable, Sofía tampoco creía que era el único, y menos que el endemoniado test fuera representativo de ello. Por eso, en afán de ser un agente de cambio, propuso a sus profesores sustituir los trotes de calentamiento por jugar a un clásico como la pinta, las siempre difíciles vallas -cuánta caída memorable que regalaron- por un cuadrangular masivo de salto de la cuerda con “chascona date una vuelta”, y el salto en caballete por aeróbica con música actual y no ese tecno con olor a muerto de siempre. Pero ninguna de las propuestas, escritas ceremoniosamente y entregadas en carpetas, llegó a buen puerto e incluso un par profesoras se ofendieron en el valioso y necesario ninguneo a ‘Venga boys’. Consciente entonces que la diplomacia no era el camino, intentó despertar a las masas dormidas -llamadas compañeras- con charlas informativas acerca de lo represivo que era el test, con la esperanza de que el movimiento poco a poco se organizara; pero el inspector la detuvo a tiempo y le preguntó que qué chucha hacía arriba de la banca en la mitad del patio gritando algo parecido a “SOLO SÉ QUE NO AL TEST” y ¡de dónde había sacado el megáfono!
Faltaba poco para que el primer grupo diera la prueba de resistencia y Sofía estaba en un dilema. Era verdad, le tenía que ir bien, otro rojo en gimnasia –el único en toda la generación- era el colmo. Pero si había algo que siempre la caracterizó era que a pesar de todo, tenía ética. Si era mala para la wea, era mala para la wea, no iba a intentar por vías artificiales superarse en algo que, en definitiva, nunca sintió como propio.
“¿Y?”, dijo Alejandra mirando a todos lados, con cara de villana, arrastrando a su amiga en un misterio cómplice. Y bueno, qué tanto en realidad, ¡era gimnasia! Además, solo sería por esta vez, reflexionó Sofía, con la secreta esperanza de que el milagro de la energética le diera un azul y piernas nuevas. “Dale”, respondió. Y como si esto se tratara de temas fuera del alcance de la reglamentación del colegio, la lata pasó de un bolsillo a otro gracias a una sigilosa maniobra de Alejandra y pronto Sofía estaba en el baño tragando rápidamente el pase al 7.
Se formó con el grupo que le correspondía. El corazón le latía rápido y no sabía si era por los nervios o por la energética. Hasta que 3, 2, 1… partieron. “No es tanto”, pensaba Sofía, “no me voy a dar ni cuenta cuando se termine”. PIP el primer silbato-. “En realidad, me siento bien”. PIP. “Siento las piernas ligeras”. PIP. “¡¡¡UH, llegué antes al cono!!!!”. PIP. “Antes me hubiera estado muriendo”. PIP. “Estúpida antigua Sofía. Obvio que le voy a preguntar a la Alejandra dónde chucha compró la lata”. PIP. “¡Otro cono a tiempo!”. PIP. “Como dijo el Chino Ríos: es fácil esta wea”. PIP. “¡Ay, una puntada”. PIP. “Respirar, respirar”. PIP. “Ya pasó”. PIP. “Casi no llego al cono”. PIP. “Como que se me cansaron las piernas”. PIP. “¿Ya se habrá pasado el efecto?”. PIP. “No puede ser, si no estoy ni cerca de llevar lo que necesito”. PIP. “Me canso”. PIP. “Mecansomecansomecansomecanso”. PIP. “AlejandraculiáAlejandraculiá”. PIP. “NO PUEDO MÁS”. PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP. “SEÑORITA LÓPEZ, POR FAVOR RETÍRESE DE LA PISTA QUE ENTORPECE EL DESEMPEÑO DE SUS DEMÁS COMPAÑERAS”. Estaba en el suelo. No se había desplomado, pero sí había fracasado. Se había corrompido y además fracasado. Lo de la energética era una vil mentira y Alejandra moría de la risa mirando la escena.
Hace unos días, Sofía vio en la tele a Sharapova, con cara de funeral y vestida de negro, leyendo una declaración donde confirmaba los rumores: había dado positivo en un test anti dopaje. “Una negligencia intencional”, pensó, “igual que yo”. Igual que Sofía, cuando se ‘dopó’ para el test de Cooper. ‪#‎BB‬
Pd: sí, el verdadero test de Cooper no lleva conos ni pitos, pero así se lo enseñaron a Sofía. Les repito, sus profesoras escuchaban tecno.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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