Un vividor del mundo

Su padre murió cuando él ni siquiera tenía espinillas. No alcanzó a enseñarle a rasurarse la barba, tampoco le dio un clásico mal consejo masculino en eso que se llama amor. Quedó la casa, una casa grande, de varias piezas que su madre alquilaba durante los meses de verano. Con esos ingresos vivían todo el año, alcanzaba justo, pero la falta hizo que la única necesidad fuese el corriente transito de un día con más risas. Y en esa búsqueda caminaba, alejándose de su hogar, buscando emociones. Su preferida era ir a alguno de los bares donde el tango y el licor anticipan más que un baile, con alguna de las tantas “polacas” que invadían Rosario. Se sentaba a mirar en la cuneta, hasta que algún cliente borracho salía de la taberna y le compraba algunos dulces, al mismo tiempo que oía la historia de siempre: “Yo sólo vine a bailar, de verdad amo a mi mujer”. El muchacho oía la confesión, junto a los versos alejados de la música, observando a los caballeros calar el humo de un cigarrillo, saboreando el placer inmediato, respirando el eco de la culpa. De esa forma descubría el desengaño de la vida, y cada una de las realidades que arrastran las palabras. Al regresar con el alma manchada de vicio, se unía a una pelota, la que pateaba como única herencia personal, aparte de un viejo chaleco, de quien había sido su viejo. Y hacía migas, como vicio, como engaño, como pasión; él y la pelota, o la representación de aquella existencia. Y en esa droga personal tenía talento, con goles, y gambeteaba adorando ser infiel a lo premeditado. El contexto parecía ser tan plano que el lirismo fue descubrir montañas, y lo planificado algo desechado. Así creció, destapando redes y abrazando el aliento popular de lo mundano, viviendo el mundo.

Un día un lo llama un profesor de su escuela: “Mañana a las cinco de la tarde te espera el viejo Flynn”. Federico Flynn era el presidente de Rosario Central. No lo podía creer. Sí reconocía capacidad en su juego, a más de algún consagrado jugando en los amateurs del barrio había desmayado, pero de pronto se le abría una chance que hasta ahí era más bien una quimera. Claro que el profesor le advierte una maña poco argentina “Si llegás tarde, aunque sea un minuto, no te atiende”. El viejo era puntual. A las cuatro y media ya estaba en las oficinas de la sede. Nervioso, de allá para acá, aguardando la confirmación que nunca creyó cierta. El viejo Flynn, como le habían asegurado, apareció exactamente a las cinco. Ni un minuto más, ni un minuto menos. El presidente al detectarlo, sin ceremonias, preguntó: “¿Usted quiere jugar en Central?”. Inspeccionando, con la vista altiva, las piernas hilachadas de ese joven alto y delgado. Este no dudó un instante y le aseguró a viva voz que era un hincha de Central de nacimiento y, para subrayar esa verdad, le cantó de memoria la delantera: Carnote, Guzmán, Gómez, Potro y García. El viejo Flynn aprobó en silencio. “¿Cuánto gana?”, le preguntó ahora, sabiendo que algunos pesos el atacante sacaba de los partidos dominicales en la cancha de tierra, y también del trabajo industrial que operaba en la escuela. Encogió los hombros y respondió con sinceridad que ganaba para vivir. “Bueno, yo le voy a pagar 2.500 pesos por mes y 40.000 por el contrato”, le dijo sin extenderse. Trató de mantener la compostura, pues hasta ahí su mejor mes con suerte llegaba a los 800 pesos. Se dieron la mano y luego el presidente emprendió rumbo a su oficina. El joven comenzó a saltar, a cantar un tango, a imaginarse él con un cigarrillo y una “polaca”. Nunca había sido más feliz. Al llegar a casa preguntó a su vieja: “¿Te gustaría que yo jugara al fútbol?”. Despistada no entendía bien a qué se refería. Cuando le contó lo de la plata ella se puso a llorar.

Ese joven era César Luis Menotti. Y haría goles en Rosario, luego en Boca, también en el Santos de Pelé. Con los años, esa cultura estética del placer pero también pensativa, la llevaría a la banca, dirigiendo a Huracán, la selección argentina, Barcelona, Boca, River, etc. Con éxitos, fracasos, frases inmortales y discusiones interminables. No obstante, definiendo un perfil: ordenando los acontecimientos a partir de los hechos, y no al revés. Hoy, en un fútbol devorado por el estrujo táctico, y una sociedad amputada en su creatividad, hace bien recordar a Menotti a sus 78 años: un vividor del mundo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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