Algo estúpidamente romántico

«Cuando pasan tantas cosas, cuando se viven tantas emociones diferentes, cuando prácticamente no se tiene un instante vacío, se puede decir como en el tango ‘que veinte años no es nada’. Y a mí me ocurrió eso». Sergio Livignstone, en 1959, tras 22 años de carrera, al colgar los guantes. Cuyo uso, aseguró, ser pionero «unos de cuero, de esos que se vendían en la calle. Es que la pelota era dura-dura, las manos quedaban hechas tiras».

Sergio Livingstone falleció hace exactamente cuatro años, a los 92 años, un 11 de septiembre, un día especial para este país; doloroso, por usar una palabra tibia.

Inmediatamente la noticia se propagó, calando hondo en un pueblo que por distintas generaciones lo observó como un icono del fútbol, del deporte y de los medios. Su cortejo fúnebre fue masivo, sinceramente masivo. No sólo se iba uno de los grandes arqueros que tuvo nuestro fútbol -para muchos «el más grande»-, se iba una persona que recorrió la cultura popular en todas las frecuencias. Livingstone era un tipo carismático, que añadió a las primeras crónicas de revistas una imagen heroica, de gestas y porrazos. La escritura, las ilustraciones, los niños en sus pichangas y el susurro barrial lo tenían a él de protagonista. Para la Revista Estadio «Reconvirtió el estilo y la estética de su puesto». Hoy, en una sociedad que se mide por triunfos y títulos, destacar ese aspecto transformador y cualitativo es más que oportuno.

Historias de Sergio Livignstone como jugador hay muchas, tantas que da para un buen libro y en el sentido de este breve recuerdo no caben. Sin embargo hay una que merece un poco de hechos, y otro buen tanto de cuento. Algo breve. Algo que quizás fue así:

«¡Sergio, tenés que venir a firmar el contrato!», le gritó desde el otro lado de la cancha un viejo dirigente de Racing. Sergio es el «Sapito» Livingstone, el arquero chileno que rompe el molde y juega en la poderosa liga argentina. Faltan pocos días para el termino de la competencia y Sergio volverá a Chile unos días. Su debut en el país trasandino, el 11 de abril de 1943 contra Boca Juniors, fue un desastre (cayeron 4-2 con autogol de Livingstone), pero con clase ya se repuso el mejor arquero del sudamericano de 1941 y por quien la academia desembolsó la friolera de 24 mil dólares por su carta. Livingstone es un espectáculo saltando, con un rechazo que ya lo quisiese cualquier gran saltador de alto. Además esa estampa ancha, seria y enigmática adornan a sus reflejos una presencia dominante. El gigante de avellaneda ya tiene a su arquero, ese es Sergio, y sabe que debe amarrarlo cuanto antes. No vaya a ser cosa que se lo choreen de River o Boca. «¡Chileno, no te hagás el boludo!», exclama el dirigente que lo ve salir del predio. «Che, este amaga más que Moreno», añade resoplando el dirigente, que disgustado vuelve a la oficina por su mate.

Livingstone mira todas las cosas de su departamento. Ve una botella a medio terminar de Whisky escocés y comienza a bebérsela junto al vinilo de unos tangos que embriagan con pasión el contexto. A ratos imagina la cancha llena, la adrenalina, él tapando un mano a mano. En otras algún paseo por la Recoleta con esa rubia que ya le miró de arriba a abajo, y que está más que buena. «Sapito» se muerde los labios. Pero el calor de la garganta agita el corazón que late destemplado en ese espacio tan vacío sin ella. Ya no tiene escapatoria. Fluye para atrás, se ve en el San Ignacio, en esos vendavales a través de un cartón que destemplaba combos y goles. ¿Quién podría haber creído que de un simple recreo ahora estuviese en Buenos Aires? Entiende el lugar donde se encuentra, aprecia el camino correcto. Pero una vez más llega la figura de ese cuerpo, de esos labios, la agitación al borde del cuello. Ella convierte todos los penales. ¿Por qué se juntaron cuando con Racing fue a Santiago?, se autocuestiona con el hielo en la boca. Lo entiende todo. Debe volver y explotar con el cuerpo. Derribar el mito de sus sueños, explorar la sangre humana y perderse en un poema incorrecto.

«Giancarlo, ¿has visto a Livingstone?», preguntó el dirigente a uno de los jugadores. «No y mirá que ese llega temprano». En ese momento, el chileno de 23 años va en un avión, persiguiendo sus instintos, calmando esos sentimientos. Va contrariado, pero feliz. Quizás algún día crea que lo que hizo fue estúpido. Quizás él; la mayoría probablemente crea que fue algo estúpidamente romántico. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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