Una leyenda para los nietos

Steve Davis no tenía intención alguna de levantarse, ambos bebes lloraban y era su turno de cambiar los pañales. El antiguo “hooligan” del West Ham United, con 28 años en los hombros, vivía en presente el rigor de la responsabilidad. Atrás iban quedando los días de resaca, cara de chico malo y batear el día en una taberna.

De pronto, un llamado por teléfono de ‘Chunk’, ese indispensable amigo mala influencia que todo ser humano gozador debe tener. Steve, a resbalones, trataba de construir una vida seria, sin embargo, aún era muy pronto para definir texturas recientes como pasadas, y menos si Chunk merodeaba avivando la rebelión. Juntos habían esquivado los palos de la policía, dormido en frías estaciones de trenes y emborrachados muchas veces entremedio de historias de fútbol, derrotas a cuestas, penas de amor y risas sin sentido. Chunk, el colega de la galería, al otro lado del teléfono, proponiendo lo típico: ir a ver al West Ham.

Steve en un primer momento se negó: ¿qué de especial podría tener un partido de pretemporada frente a un club de nivel regional como el Oxford City? Pero su astuto amigo supo rápidamente cómo convencerlo: el caramelo de una tarde de sol, cervezas al borde del campo y vibrar con el equipo de sus vidas. Ya no tenía escapatoria, sería una jornada futbolera. Sin demasiada convicción le contó a Kelly, su mujer, acerca de los planes. Ella, sin pensárselo dos veces, ya estaba arriba del auto. Es que claro, también era fanática, además un día de sol en Inglaterra no es para guardarse en la casa. Dejaron a los niños con los padres de Kelly y se fueron a la cancha.

Chunk conducía un viejo automóvil que le ganó a un gitano jugando al póker, a su lado iba el gordo Bazz, un profesional de las hamburguesas y quien tenía la música de los Ramones a todo volumen. Steve y Kelly atrás, renovando votos de hinchas y de amantes al delirio. Una vez se acabó la cinta del casete, destaparon la primera lata, y con ello comenzaron a entonarse las primeras canciones de barra.

Llegaron a las instalaciones del Oxford City embalados, puestos y dispuestos a externalizar las emociones. Steve era un tipo pasional, de aquellos que desahoga su inseguridad cotidiana a través del garabato futbolístico. Y por supuesto, como la mayoría de los hinchas, creía sabérselas todas, mal que mal eran años de estadio. No obstante, el ambiente del partido era más bien familiar, cerca de dos mil personas se desparramaban entre una pequeña tribuna y el borde de las líneas, no parecía ser un juego que ameritara un ritmo incendiario. Evidentemente eso para Steve no era un atenuante de nada: ya una vez veía la camiseta del West Ham en el césped, su reacción frente al mundo se tornaba salvaje y acelerada. Y más si el delantero iba a ser Lee Chapman.

Lee Chapman, espigado, delgado y sin demasiadas caderas, era el centro delantero que desde hacía un tiempo estaba usando el técnico Harry Redknapp. Por cierto era un tipo cuestionado, pero lo normal dentro de una profesión que para quienes no alcanzan el sello de ídolo es de segundo a segundo. Para Steve Davis, Lee Chapman era lo peor que le había pasado a su vida; nunca lo tragó, siempre lo consideró cagón, y ahora que lo tenía a dos metros de distancia, ni lo duden, lo empapeló hasta por mirar una nube. El partido obviamente transitaba tranquilo y en ventaja para el elenco londinense, salvo para Steve, que puteaba sin descanso al pobre Lee Chapman. Hasta que llegó un momento único: Lee Chapman corre en búsqueda de un ‘ollazo’ y sufre una lesión muscular. Steve Davis lo celebra como un gol. Sin embargo hay un problema, West Ham no llevó plantel completo y entre lesiones y cambios realizados, ya no tiene banca. Harry Redknapp, quien había tenido que soportar el delirio de Steve durante 50 minutos, lo encaró y le hizo la mejor pregunta que alguna vez alguien le hizo: “¿Crees que lo puedes hacer mejor que él?” Steve Davis, con varias cervezas en el cuerpo, un par de cigarros y el recuerdo de un test de Cooper a los 18 años, dijo desafiante -y pálido-: “Sí”.

El utilero llevó al hincha al camarín, le pasó la camiseta número ‘3’, un par de zapatos y se ponía a disposición del técnico. Chunk, el gordo Bazz y Kelly, no lo podían creer. Steve tampoco, que de pronto se volvió tímido y respetuoso. Antes de hacer su ingreso triunfal, el encargado de las informaciones del estadio bajó raudamente a consultar quién era ese jugador número 3. Redknapp, un tipo resuelto, acostumbrado a bordear las normas, soltó con agilidad: “¿No has visto el mundial? ¡Es Tittyshev! ¡el delantero búlgaro!” El tipo, asombrado, felicitó a Redknapp por la nueva contratación y subrayando la voz desde los altoparlantes, lo anunció: “Con el número 3, directo desde el mundial, el astro búlgaro: ¡¡TI-TTY-SHEV!!”.

Por supuesto que Tittyshev no existía, salvo ese día, en ese momento. Así era como Steve Davis pasaba desde los garabatos al borde de la línea, de toda una vida siguiendo y persiguiendo al equipo que complementaba su vida, a jugar adentro de la cancha. Increíble.

La adrenalina era inevitable, los síntomas de alcohol ya habían desaparecido, también la sonrisa mientras miraba el encuentro. Movió sus hilachas poco trabajadas por el campo, se sintió presionado, ahogado y comprendió que adentro es más rápido de lo que parece. Sus ahora compañeros, sin entender demasiado, lo trataron como uno más. Desde afuera, Chunk, el gordo Bazz, Kelly y Lee Chapman, lo puteaban y lo gastaban de lo lindo. Quienes se habían dado cuenta de todo el rollo no paraban de reír, el resto veía a un muchacho sin demasiadas condiciones en un partido que nadie iba a recordar. Pero se equivocaban.

Tittyshev pidió el balón, dio algunos pases e incluso amagó con dar una patada. Vivía un sueño del cual no quería ni pretendía despertar. Fue así como en el minuto 71 de partido, se coló solo en área rival, recibió un pase milimétrico y entre apurado y asustado, remató un ‘puntete-cualquier-cosa’: le salió al ángulo, golazo. No se lo podía creer, lo festejó como correspondía: sin noción de nada más que el grito aturdido y vibrante de un gol. Lee Chapman desde afuera se ponía rojo, Chunk se abrazaba con la gente que estaba a su lado, Kelly quería tener un tercer hijo…pero el gordo Bazz vio lo que nadie quería ver: al juez de línea con el banderín arriba. Sí, estaba en ‘off side’, anulado. Fueron apenas 5 segundos, los mejores 5 segundos de su existencia, en un perdido 28 de julio de 1994…un día en el que su panorama era mirar televisión.

Finalmente el partido terminó 4-0 para el West Ham United y fue la última vez de Tittyshev en una cancha. Steve Davis al otro día le contó a todo el mundo lo ocurrido, pero evidentemente nadie le creyó. No eran tiempos de redes sociales ni de inmediatez asfixiante, por lo que la historia pudo acabar ahí mismo, sin embargo, el rumor creció y dos días después el periódico The Sun abordó la noticia. El teléfono de Steve no dejó de sonar.
Hoy Steve Davis ya no vive con Kelly, sigue yendo regularmente al estadio con Chunk y afirma convencido que no necesita dejarle bienes a sus nietos, les dejó una leyenda. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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