Trece reales

Todos los días don Pedro le entregaba a su nieto el dinero para el transporte desde su hogar en Catete, al centro de entrenamientos del club Fluminense en Xerém, cuarenta kilómetros al norte. Una distancia que implicaba cruzar buena parte de Río de Janeiro y el desembolso diario de 13 reales, algo así como tres mil pesos chilenos, una pequeña fortuna para cualquier familia humilde de Brasil. Sin embargo, el muchacho mostraba enormes condiciones para el fútbol, la gran pasión de don Pedro. Tanto así que era el primero en defenderlo de sus padres cuando este se iba a jugar a la pelota a cualquier parte. Principalmente de la madre, su hija, una estricta profesora de escuela que prefería ver al niño estudiando antes que “perdiendo el tiempo en la calle detrás de una tonta pelota”. Don Pedro, no obstante, en nada se intimidaba frente al discurso, pues se encontraba convencido de que el pequeño estaba llamado a hacer grandes cosas con el balón. Poco importaba si el nieto jugaba mal, el abuelo le contestaba que cambiara esa cara, que nada iba mal, que había sido el mejor. El hombre, sin dudas, proyectaba sus propios sueños frustrados en el niño, y quizás por eso le era tan sencillo descubrir la sonrisa sincera del muchacho mientras gambeteaba al hambre detrás de esa misma “tonta pelota”.

Don Pedro, que laburaba en dos lugares a la vez para entregarle los 13 reales, una mala mañana perdió uno de esos trabajos. Pasaron los días y con el salario de uno, a pesar de haber cortado su sagrada cerveza con los amigos en el bar, ya no podía costear los viajes de Catete a Xerén. La mala fortuna era tal que justo, pero justo aquello coincidía con el día más importante en la carrera futbolística del joven jugador: esa tarde sería la prueba semestral para ascender de las escuelas formativas a la categoría sub 13 del Fluminense. Solo eran tres cupos entre más de cien postulantes, pero de quedar, todo podía cambiar: ser futbolista se volvía algo más real y ya los 13 reales diario no serían necesarios dado que el club correría con los gastos. Claro que don Pedro de la prueba no tenía idea; Marcelo, esa era el nombre del muchacho, sí, pero tímido, no había dicho nada. Cuando llegó donde su abuelo a recibir los 13 reales, este, abatido se encogió de hombros y solo pudo darle 2 reales, un abrazo y una disculpa sincera, de esas que no se expresan en palabras, sino que con respiración agitada. Marcelo tomó los dos reales, no le dijo nada y caminó solo, llorando, sabiendo que la gran oportunidad se le esfumaba.

De pronto, mientras se abría paso sin rumbo, el niño escucha el sonido de una tragaperra en un boliche cualquiera. La maquina, ruidosa y atestada de luces, llamó inmediatamente su atención. ¿Qué más podía perder? Ingresó y puso una moneda en una maquina llena de banderas de países; él debía escoger una bandera; eligió la que no conocía: Croacia. Cinco segundos después comienza a sonar una alarma: había ganado. ¡No lo podía creer! Saltaba, gritaba y tiernamente exclamaba “¡Soy rico! ¡Soy rico!”. Y de cierta manera, lo era: podría aventurarse en su anhelo. En sus manos contaba 25 reales, más de lo que nunca había tenido en su poder y corrió rápido bien rápido al bus. Jugó como nunca antes había jugado, sintiendo la confianza del destino en sus pies y quedó entre los tres elegidos. Al volver, todavía le quedaban 12 reales, compró lo que siempre había querido y que nunca hasta ahí había podido hacer: dos hamburguesas llenas de todo. Una era para él, la otra para don Pedro.

Marcelo hoy es el lateral izquierdo del Real Madrid y de la selección brasileña, y don Pedro, sigue siendo su más fiel hincha. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 391 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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