Sonrisa de fútbol

“El día que vuelva a recordar a mi hijo con una sonrisa, volveré a ser feliz.” Eso declaró hace algunos años Antonio Mohamed, “El Turco”, como se le conoce en el mundo del fútbol. Al decirlo se le apretó el aire, su noción del tiempo cobró un mareo.

Corría el año 2006 y Mohamed tomó una decisión que le cambiaría la vida para siempre: cumpliría el sueño de todo pelotero sentimental e iría a la Copa del Mundo a disputarse en Alemania. No lo haría como jugador, no tuvo la oportunidad de vestir la “albiceleste” en una cita planetaria, pero el pasivo lo pagaría como hincha, alentando a Riquelme, Crespo, Sorín y compañía. El exfutbolista de Huracán y que hiciera gran parte de su carrera durante los años noventa en el balompié mexicano estaba excitado, el plan le movía los pelos y cada vez que pensaba en ello se reía solo, como niño un minuto antes del timbre del recreo.

Antonio no iría solo, lo haría con sus amigos, recorriendo el país europeo arriba de una “Motorhome”, en plan aventura, con el único apuro de buscar buenas historias y llegar a tiempo a los partidos. Sin embargo, la idea original tuvo una modificación con el correr de los días: su hijo de 9 años, Faryd, al enterarse del destino de su padre, se apegó fuertemente a su abrazo y clavándole los ojos le pidió lo obvio: “Dale, pá, llévame contigo”. ¿Cuántas veces tuvo 9 años en ese momento? ¿Cuántas veces abrió los sobres con láminas de los álbumes que jamás completó, imaginándose algún día gritando un gol en un mundial? Tantas como el hambre que pasó, tantas que le fue imposible decirle que no. Y la ruta pasó de ser una joda de adultos, a un corazón lleno.

El viaje tuvo de todo: goles, abrazos, retos y silencios incomodos; a veces padre, en otras amigos, siempre hinchas, a ratos también hizo de hijo cuando tuvo sueño y Faryd le puso la manta antes de dormir. El gol de Maxi Rodríguez a México lo gritaron juntos, desgarrando la garganta, quedándose sin alma y que viajase por el espacio-tiempo. Sin embargo, todo cambió de forma brusca y literalmente mortal.

La selección argentina cayó en la tanda de penales frente al país anfitrión en los cuartos de final. Faryd salió reclamando vivamente, junto a los sollozos de una pena honesta, de esas que te arroja el fútbol: “¡¿Pero por qué no puso a Messi?!” Y “El Turco”, un poco de hincha, un poco de padre, un poco de técnico, un poco de todo, lo consoló con la bendita excusa de una broma saca carcajadas y la promesa de que más adelante las cosas serían distintas. Aunque también puteó, porque un padre no es un extraterrestre y ese rasgo imperfecto de humanidad salvaje también es parte de la escuela que se debe mostrar. Y Faryd puteó, y ya se sintió menos mal. El regreso en la “Motorhome” no era el más alegre, pero vaya que se lo habían pasado bien.

De pronto, en un segundo maldito, un auto que venía a 180 kilómetros por hora, conducido por un pendejo de 22 años que venía haciéndose el canchero, impactó a la “Motorhome” en la que iban Mohamed, su hijo y algunos amigos más. El golpe, un auto que se volcaba, el sonido brutalizando la escena y Mohamed asustado, pensando en todo momento en Faryd. De ahí ya no recuerda mucho más, salvo el dolor que sentía en todo su cuerpo y ver que su hijo estaba cerca suyo, inconsciente pero vivo.

Los siguientes días en el hospital fueron los más terribles que le tocó vivir al exfutbolista: estuvo a segundos de perder la pierna, aunque afortunadamente aguantó; no así el pequeño de tan sólo 9 años, quien la luchó pero no resistió al fuerte impacto que recibió en su cabeza. Mohamed pasó los últimos segundos junto a su hijo antes de tener que desconectarlo, con el ahogo de la impotencia, la culpa y que buena parte de su vida había acabado en ese momento.

El regreso a Buenos Aires fue desolador, eterno. De cierta forma una parte de él nunca volvió.

Pero Mohamed no podía dejar de respirar, quedaban tres hijos más por los que insistir, y una vida llena de objetivos que todavía estaban desarmados en la hipótesis del tal vez. El rencor con la vida fue inevitable, pero ahondó en sus instintos, en sus sentimientos, que es acaso lo único cierto que tenemos.

De ahí en más sólo hace lo que quiere hacer, como siempre, aunque ahora subrayado. Así fue que llegó a dirigir gratis a Huracán, y en otros lugares ha sido él quien ha pagado los sueldos de sus futbolistas, porque quiere ganar y no preocuparse por su bolsillo. Quizás esa es la manera en la que lucha la injusticia del contexto. Por supuesto que cuando está solo lo recuerda, no aguanta y se le mojan los ojos.

Mohamed ahora es un técnico destacado en el fútbol mexicano, la tierra donde nació Faryd. Hoy dirige al club Monterrey, al equipo con el que siempre se sintió en deuda como jugador y el mismo por el cual su pequeño hinchaba, ya que esa fue la camiseta de sus primeros recuerdos.

Hoy se juega la primera final del fútbol mexicano, ahí va estar “El Turco”, desde la banca de los “Rayados”, intentando ganar el título, seguramente imaginando que su hijo está en la tribuna, tratando de recordarlo con una sonrisa. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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